Hay días que no puedo parar de sonreír.
No puedo evitarlo.
Me río mientras me lavo los dientes y babeo el dentífrico,
me río sentada en el autobús y me miran, y me río más, me río mientras busco la
cartera y la cajera se desespera.
No puedo dejar de recordarlo.
(Quienes conocen la historia no leen el blog, así que os la
cuento a vosotros, esa amapola de la foto, u otra parecida es la protagonista.
Íbamos en coche (las velocidades nos eran como las actuales), justo me desperté y la vi, chillé ¡Oh! que grande. Detuvo el coche en la cuneta (no se usaban balizas) y trepó a por ella, estaba muy arriba, se resbaló, se ensució la camisa y se arañó la mano, pero la consiguió y me la regaló con una sonrisa)
